Lo que tenemos cerca se vuelve costumbre, y la costumbre no se nota. Solo cuando falta entendemos cuánto valía. Los abuelos lo decían así: hasta que lo ve perdido.
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Cuando alguien muere por el descuido de otro, la ley de Texas le hace a la familia la pregunta más difícil que hay: ¿qué perdieron?
El sueldo que ya no llega es lo fácil de contar. Lo difícil es lo otro, lo que nadie apuntaba porque estaba ahí todos los días. La Corte Suprema de Texas le puso nombre en 1986, en el caso Moore v. Lillebo: los beneficios que nacen del amor, el consuelo, la compañía y la convivencia que quien reclama habría tenido, con probabilidad razonable, si esa persona hubiera vivido. En ese mismo fallo dijo que la angustia de la familia cuenta aunque no se note en el cuerpo. El dolor no tiene que enfermarte para que la ley lo reconozca.
Eso que nadie contaba se prueba con lo de todos los días. El jurado no conoció a quien se fue; lo conoce por su familia. La llamada de los domingos. El que llevaba a los niños a la escuela y arreglaba lo que se descomponía. La mamá a la que se le preguntaba todo. Las fotos, los mensajes de voz, el video del cumpleaños, los amigos que lo vieron vivir. Guárdalo todo, aunque hoy duela mirarlo.
La ley también dice quién puede reclamar: el cónyuge, los hijos y los padres, vivan donde vivan. Los hermanos no están en esa lista, por mucho que duela. Y corre un reloj: por lo general, dos años desde el día de la muerte.
La ley no te devuelve a nadie. Lo que sí hace es no dejar que lo que perdiste pase como si no valiera nada.
Este dicho es una reflexión general; no describe ni promete el resultado de ningún caso. Cada caso depende de sus propios hechos y de sus propios plazos. Información general, no asesoría legal.