El que habla de más se delata solo. Muchos problemas empiezan con una frase que no hacía falta decir.
El pez por la boca muere. El anzuelo no persigue al pez. El pez lo muerde. Después de un choque, el anzuelo es una llamada amable.
La llamada llega pronto y suena bien. Es la aseguradora del otro conductor. Solo quieren unas preguntitas, grabadas, para agilizar el trámite. Cada respuesta se guarda y se vuelve a escuchar meses después, por alguien cuyo trabajo es encontrar en tus palabras la razón para pagar menos. El estoy bien que dijiste por cortesía se convierte en no estaba lesionado. El creo que iba a treinta y cinco se convierte en admitió que no sabía a qué velocidad iba.
No estás obligado a darle una declaración grabada a la aseguradora del otro. Puedes decir, con educación, que no vas a dar declaraciones por ahora y colgar. Con tu propia aseguradora sí hay un deber de cooperar, pero cooperar no es improvisar; se puede hacer preparado, con los hechos claros y sin adivinar lo que no sabes.
El anzuelo también nada en el teléfono. La foto de la quinceañera bailando, el comentario de ya estoy mejor, la queja sobre el otro conductor. Todo eso se imprime y se presenta. No es que tengas algo que esconder. Es que la boca cerrada no muerde anzuelos.
Al pez que no muerde, nadie lo saca del agua.
Este dicho es una reflexión general; no describe ni promete el resultado de ningún caso. Cada caso depende de sus propios hechos y de sus propios plazos. Información general, no asesoría legal.