Mija, antes de mandar ese mensaje, respira. No lo escribas con el coraje caliente. Lo que se manda enojado casi nunca se puede recoger.
Un mensaje de texto se siente chiquito, como si se lo llevara el aire. No es así. Es una carta con tu nombre, tu número y la hora exacta pegados. Queda grabado. Y una carta escrita con rabia, guardada por la persona equivocada, puede volver años después a hablar por ti cuando tú ya cambiaste de opinión.
En cuanto le picas a enviar, ese mensaje deja de ser tuyo. Ya no lo controlas. Lo puede leer alguien más, lo pueden enseñar, lo pueden sacar de contexto. Lo que sentiste en un minuto queda escrito para siempre, aunque al minuto siguiente ya no lo sientas.
No te conviertas en la estadística de la que hablan después, la que "lo mandó por escrito". La fuerte no es la que contesta más rápido, ni la que hiere más feo. La fuerte es la que sabe callarse a tiempo, dejar que baje el coraje, y decidir con la cabeza fría qué merece respuesta y qué no.
El movimiento: cuando estés que ardes, escribe si quieres, pero no en el teléfono. Escríbelo en un papel, o en una nota que no se manda, y déjalo ahí hasta mañana. Si mañana todavía hay algo que decir, se dice con calma. Casi siempre, mañana ya no hace falta. Guarda tu dignidad y guarda tu récord limpio. Los dos valen más que el desahogo de un momento.
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