El 1 de octubre de 1931, en las Cortes de Madrid, las dos únicas mujeres que tenían escaño subieron a la tribuna a hablar del voto de la mujer. Las dos eran abogadas. Las dos habían abierto la misma puerta, una detrás de la otra. Y las dos dijeron lo contrario.

Victoria Kent, de Málaga, se licenció en derecho en 1924 y en enero de 1925 fue la primera mujer en entrar al Colegio de Abogados de Madrid. Clara Campoamor, de Madrid, había sido modista, telefonista, auxiliar de telégrafos y profesora de mecanografía; empezó el bachillerato a los treinta y dos años, se licenció en derecho a los treinta y seis, en diciembre de 1924, y entró al mismo Colegio unos meses después que Kent: la segunda. En 1931 Kent defendió a un acusado ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina, la primera mujer que hablaba ante un tribunal militar, y lo sacó absuelto. Ese mismo año las dos ganaron un escaño por Madrid en las primeras Cortes de la República. Kent por el Partido Republicano Radical Socialista; Campoamor por el Partido Radical. Nombres parecidos, bancos distintos.

La pregunta era el artículo 36 de la nueva Constitución: si la mujer iba a votar, igual que el hombre, desde ya. Kent pidió la palabra y dijo lo que nadie esperaba de ella. Que una mujer como ella se levantara “a decir a la Cámara, sencillamente, que creo que el voto femenino debe aplazarse”. Su argumento no era que la mujer no pudiera: “no es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República”. La República tenía meses de vida. La mujer, decía Kent, “para encariñarse con un ideal, necesita algún tiempo de convivencia con la República”; primero ese tiempo, después el voto. Y lo dijo con las cartas sobre la mesa: “Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un periodo universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino.” No era el argumento de una cobarde. Era una mujer que sacrificaba su propia causa para proteger la cosa de la que, según ella, la causa dependía.

Campoamor le contestó desde el principio, no desde la conveniencia. “Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho.” Un derecho, decía, no se otorga según cómo se vaya a usar; a nadie se le pregunta cómo va a votar antes de dejarlo votar. Pero no se quedó en el principio. Trajo hechos. “¿Es que no han luchado las mujeres por la República?” La mujer, “hoy día, es menos analfabeta que el varón”. Y a los que hablaban de incapacidad les devolvió el argumento entero: si admitís la incapacidad femenina, “votáis con la mitad de vuestro ser incapaz”, porque la mitad de cada uno de ustedes viene de una mujer. Cerró con una frase que todavía se cita: “No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar.” Lo que Sor Juana había defendido en 1691 para el estudio, Campoamor lo defendía en 1931 para el voto: el derecho no se gana demostrando primero que se va a usar bien.

Ganó Campoamor, 161 votos contra 121. El 1 de diciembre lo intentaron otra vez, con una disposición transitoria para aplazarlo, y el voto de la mujer se salvó por cuatro votos, 131 a 127. En noviembre de 1933 votaron por primera vez unos seis millones ochocientas mil mujeres, ganó la derecha, y media República le echó la culpa a Campoamor. Perdió el escaño. Su propio partido se le fue a la derecha; se salió, tocó la puerta de Izquierda Republicana y le dijeron que no. Escribió un libro con un título que lo dice todo: Mi pecado mortal. El voto femenino y yo. Vino la guerra, el exilio, Buenos Aires, Lausana, donde murió en 1972 sin haber vuelto. Kent también perdió el escaño en 1933 y volvió en 1936, por Jaén; después la guerra, París, cuatro años escondida bajo un nombre falso durante la ocupación alemana, México, Nueva York, una revista durante veinte años, y la muerte en Nueva York en 1987. Y queda el dato que desarma el miedo de Kent: en febrero de 1936, con las mismas mujeres votando, ganó el Frente Popular. Las mujeres no votaron en bloque ni en 1933 ni en 1936. Votaron como votan las personas: cada una por lo suyo.

Por qué están aquí las dos. Porque esto es el oficio. Dos mentes serias, los mismos hechos, conclusiones opuestas, las dos honestas. Una tenía razón en el principio y lo pagó con todo. La otra se equivocó en la predicción y fue honesta sobre por qué. Cada caso trae adentro una Kent y una Campoamor: la prudencia que dice ahora no, este jurado no está listo, y el principio que dice el derecho no depende de que sea conveniente. Tienes que saber argumentar las dos y saber cuál eres ese día. Y fíjate en la forma de los dos argumentos, porque ahí está la lección de litigante. El de Kent era una predicción: la mujer votará como le digan. El de Campoamor era un principio con datos debajo: menos analfabeta que el varón, luchó por la República. Las predicciones sobre cómo va a usar la gente un derecho tienen mal historial, y 1936 refutó la de Kent. Cuando alguien te diga que un jurado de este condado nunca va a hacer tal cosa, eso es un argumento de Kent. Pídele los datos. Este Expediente tiene otro par así, en inglés: Houston, que en 1935 atacó la palabra que se podía probar, y Murray, que en 1944 escribió el ataque de frente. Y si quieres ver cómo se pelea hoy por un derecho que no espera a ser conveniente, ahí está la página de derechos civiles.

Clara Campoamor Rodríguez (Madrid, 1888; Lausana, 1972), abogada, diputada por Madrid en las Cortes Constituyentes de 1931 por el Partido Radical; autora de Mi pecado mortal. El voto femenino y yo. Victoria Kent Siano (Málaga, 1892; Nueva York, 1987), abogada, primera mujer del Colegio de Abogados de Madrid, diputada por Madrid en 1931 por el Partido Republicano Radical Socialista y por Jaén en 1936, Directora General de Prisiones (1931 a 1932); autora de Cuatro años en París. Las citas son del Diario de Sesiones del 1 de octubre de 1931; véase la reseña del Congreso de los Diputados y el texto íntegro del discurso de Kent.

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