Lo que uno no ve, no le duele. En el cuerpo es al revés: lo que no se ve puede ser lo más grave, y hay que buscarlo antes de que avise.
Ojos que no ven, corazón que no siente. En el cuerpo es al revés. Lo que no se ve es lo que más hay que vigilar.
Después de un choque lo visible es lo de menos. El raspón en la frente, el moretón del cinturón. Lo que no se ve está adentro. El cerebro no se asoma por la piel, y una lesión ahí puede pasar horas sin dar señal. En medicina existe el intervalo lúcido: la persona camina, habla, dice que está bien, y más tarde se desploma. La adrenalina del momento esconde el dolor; el estoy bien de la escena es de las frases menos confiables que hay.
La aseguradora vive de ese silencio. Si no fuiste al doctor esa semana, para ellos no estabas lesionado. Si el dolor de cabeza lo mencionaste hasta el mes, para ellos apareció el mes. El hueco entre el choque y la primera consulta se convierte en su mejor argumento, y tú lo abriste sin querer, por hacerte el fuerte.
Así que ve al doctor aunque no veas nada. Descríbelo todo, hasta lo pequeño: el mareo, el olvido, el sueño raro, la luz que molesta. Que quede escrito el mismo día. Lo que tus ojos no ven, el expediente lo puede ver por ti.
Que tus ojos no lo vean no significa que tu cuerpo no lo sienta.
Este dicho es una reflexión general; no describe ni promete el resultado de ningún caso. Cada caso depende de sus propios hechos y de sus propios plazos. Información general, no asesoría legal.