Le voy a decir la verdad, aunque duela. Esa es la primera cosa que debe saber de este bufete, y es lo que nos separa de muchos otros. No le voy a vender un sueño para que firme conmigo. Si su caso es fuerte, se lo diré con claridad. Si es débil, también se lo diré, aunque no sea lo que quiere escuchar. Prefiero perderlo como cliente diciéndole la verdad que ganarlo con una mentira.

Lo hago así por respeto. Sé que muchos han aprendido, y con razón, a desconfiar de los abogados y de las promesas fáciles. No los culpo. Usted no tiene tiempo para juegos, y yo tampoco. Por eso vamos a hablar claro y de frente: qué le puedo ofrecer, qué no le puedo ofrecer, y qué riesgos corre en cada camino.

Y quiero que lo sepa desde el principio: casi siempre hay opciones. Lo importante no es solo que existan, sino que usted entienda con honestidad los riesgos de cada una. Ningún caso es igual a otro. El suyo es suyo, con sus propios hechos, y merece que lo miren con cuidado, no con una fórmula.

Para entender lo que sigue, conviene entender una diferencia que pocos se toman el tiempo de explicarle. La ley con la que muchos de ustedes crecieron viene de una tradición antigua, la del derecho romano y español: el derecho civil, donde el legislador escribe los códigos por adelantado y el juez los aplica. Aquí, en los Estados Unidos, el sistema es otro. Es el common law, heredado de Inglaterra, por irónico que suene después de una revolución para separarse de ella. Se construye caso por caso, a través de juicios, y muchas veces es un jurado de ciudadanos comunes, y no un funcionario, quien decide.

No le diré que un sistema es mejor que el otro. Le diré algo más útil: el sistema de este país pone un peso enorme, casi terco, sobre los derechos del individuo, incluso frente al gobierno, incluso cuando la persona no le cae bien a nadie. Esa idea, la de que una sola persona puede pararse frente al poder y exigir que le prueben las cosas, está en el centro de todo. Para usted, que quizás viene de otra tradición, esto importa mucho, porque las reglas de aquí no son las de allá, y saber la diferencia cambia lo que usted puede hacer.

Esto no se lo digo de oídas. Los sistemas legales comparados fueron mi materia favorita cuando estudié en la Ciudad de México, y mi formación en estudios jurídicos, aquí en la Universidad de Houston, me enseñó a pararme entre las dos tradiciones y traducir una para la otra. Esa es una parte de lo que hago por usted: explicarle, en su idioma y con la verdad por delante, cómo funciona de verdad la ley de este país.

Hay algo más que traemos los hispanos y que sirve, y mucho, en una pelea legal: el espíritu de guerrero. Viene de muy atrás, de sangre que no se rendía. Un caso es una pelea, y esa fuerza es un don. Pero la fuerza sola no basta. Tiene que ir acompañada de calma y de trato humano, porque al final estas peleas casi siempre son por lo que más importa: la familia. Y para nosotros la familia lo es todo. Aquí lo entendemos así, y por eso tratamos su caso como trataríamos el de los nuestros.

Si está listo para conocer la verdad de su situación, hablemos. Se atiende en español, y la primera conversación es para escucharlo a usted. Llámenos al (713) 239-2300.

Esta página es información general y no constituye asesoría legal. Cada caso depende de sus propios hechos; consulte sobre el suyo directamente.