Lo único que llevas a todas partes, sin pagar boleto, es tu palabra. Se construye en lo chico, durante años, y se pierde en un segundo, en lo grande.

Que tu palabra valga, mija. Que cuando digas voy, vayas. Que cuando digas a las siete, sea a las siete. Que cuando no sepas, digas no sé, y cuando te equivoques, lo digas tú antes de que lo descubran. Nadie se fija en eso mientras lo haces. Todos se fijan el día que hace falta.

Yo lo veo en mi trabajo con una claridad que asusta. Un jurado son doce personas que no conocen a nadie en la sala y que tienen que decidir a quién creerle. La ley les dice, con esas palabras, que ellos son los únicos jueces de la credibilidad de cada testigo. No hay aparato para eso. Miran cómo contestas lo fácil y cómo contestas lo que te duele. Casos buenos se pierden por una cosa chica: alguien dijo que no podía cargar nada, y había un video cargando las bolsas del mandado. El jurado perdona un hecho. Un dolor que va y viene, una espalda que a veces sí aguanta. Lo que no perdona es la mentira, porque si mentiste en lo chico, ya no saben en qué más.

Por eso el consejo de la vida y el consejo del caso son el mismo. No exageres el dolor ni lo escondas. Cuéntale a tu abogado lo feo primero, porque es lo único que no puede defender si no lo sabe. Cumple tus citas con el doctor, que un expediente con huecos habla más fuerte que tú. Y cuando te hagan preguntas bajo juramento, contesta lo que te preguntaron, con la verdad, y para de hablar.

El movimiento: esta semana, cumple algo chico que prometiste y que nadie te iba a cobrar. Así se entrena. La palabra que vale en un juicio es la misma que valía el martes en la tarde.

Tu palabra es tu caso. Cuídala en lo chico, para que aguante en lo grande.

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