La peor sorpresa en un caso no es lo que tiene el otro lado. Es lo que tu propio cliente no te contó.
Cuando vengas conmigo, cuéntame todo. Y cuando digo todo, es todo, sobre todo la parte que te da pena. La que te hace quedar mal. La que esperas que nadie se entere. Esa es justo la que más necesito oír.
¿Por qué? Porque el otro lado va a buscar exactamente esa parte. Es su trabajo. Si yo la sé desde el principio, me preparo, te protejo, y le salgo al paso antes de que haga daño. Si no la sé, me cae encima enfrente del juez, cuando ya no hay cómo taparla. Lo que sé lo manejo. Lo que me escondes me pega por la espalda, y te pega a ti.
Un abogado que conoce la verdad completa puede defenderte de verdad. Uno que solo conoce la mitad bonita camina a ciegas y te lleva a ciegas. No me hagas eso, y no te lo hagas a ti.
Y óyeme bien: lo que me dices a mí se queda conmigo. Para eso existe esa protección entre cliente y abogado. No sale de ese cuarto. Así que respira, siéntate, y empieza por lo feo. Esa parte es la mía.
Esta página comparte una reflexión sobre el oficio y no constituye asesoría legal. Las protecciones entre abogado y cliente dependen de cada situación; consulte la suya directamente. Se atiende en español. Teléfono: (713) 239-2300.