Mija, pregunta. Sin pena, sin miedo, las veces que haga falta. La que pregunta no es la ignorante. La ignorante es la que se queda callada por vergüenza.
Nos enseñaron al revés, que preguntar es quedar en ridículo, que hay que hacer como que uno ya sabe. Mentira. La persona segura de sí misma es la que levanta la mano y dice "no entendí, explíqueme otra vez." Cuesta más valor preguntar que fingir, y por eso preguntar es de fuertes.
Y en las cosas importantes, preguntar te cuida. En el doctor, en el banco, en cualquier oficina donde te pongan un papel enfrente: si no entendiste, no firmes ni digas que sí con la cabeza nomás por salir del paso. Pregunta qué dice, qué significa, qué pasa si. El que te apura para que no preguntes casi siempre es el que no te conviene.
No dejes que nadie te haga sentir chiquita por no saber algo. Nadie nace sabiendo. Los que de verdad saben no se burlan del que pregunta. Se burlan los inseguros, los que apenas van tapando lo poco que traen. Tú rodéate de los primeros.
Y enséñales a los tuyos a preguntar también. Una casa donde se puede preguntar sin pena es una casa fuerte, porque ahí los problemas no se esconden hasta que ya no tienen arreglo, se hablan a tiempo. Preguntar es abrir la puerta. Quédate siempre del lado donde la puerta se abre.
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