Mija, a la gente no la midas por lo bonito que habla. Mídela por lo que hace cuando nadie la está viendo. Obras, no palabras.
Las palabras son baratas y bonitas. Cualquiera te promete el cielo, cualquiera te dice lo que quieres oír. El que te quiere impresionar habla mucho. El que de verdad vale, muchas veces habla poco, pero está. Está cuando lo necesitas, sin que se lo pidas, sin cobrártelo después.
Fíjate en los detalles chiquitos, porque ahí no hay actuación. ¿Cumple lo que dice, aunque sea una cosa sin importancia? ¿Es igual de amable con el que le sirve el café que contigo? ¿Cómo trata a su mamá, a los que no le pueden dar nada a cambio? Ahí, en lo pequeño, se ve la persona entera. La boca miente fácil. Las costumbres, no.
Esto sirve para el amor, para los amigos, para el trabajo, para toda la vida. No te enamores de un discurso. No le entregues tu confianza a quien solo te da palabras. Espera a ver las obras, que tardan más pero no engañan. El que te quiere, te lo demuestra. Y el que solo te lo dice, muchas veces es porque no tiene con qué demostrártelo.
Aprende a esperar los hechos, mija, sin prisa. La gente siempre, tarde o temprano, te enseña quién es de verdad. Tu trabajo no es adivinar. Es poner atención, y creerle a lo que hace más que a lo que dice.
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