Una carta en la voz de los papás que trabajan en las norias. Para ellos, y para sus hijas.

Hay trabajos que se pagan con horas y trabajos que se pagan con fechas. El mío se paga con las dos.

Tu cumpleaños lo pasé en la locación, mija. La Navidad también, y el Año Nuevo, y aquel festival de la escuela donde saliste de flor. Te vi soplar las velas por el teléfono, con la señal que se iba y regresaba, parado junto a la troca a las once de la noche, porque era la única hora en que el turno me soltaba. No te lo cuento para que me tengas lástima. Te lo cuento para que sepas dónde estaba: trabajando para que tú nunca tengas que escoger entre tus fechas y tu futuro.

En las norias se trabaja catorce días y se descansa siete, o como toque. Se duerme en un campamento con otros hombres que también extrañan a alguien. Se maneja de noche por caminos de caliche detrás de un tráiler de arena. Se trabaja con presión, con químicos y con fierro que pesa más que una camioneta. Y cada mañana alguien dice lo mismo antes de empezar: vámonos a casa completos.

Por eso te voy a decir mis reglas, las que me traen de regreso. Una: si un trabajo no se puede hacer seguro, pido que lo arreglen, y si el peligro es serio de verdad y no hay tiempo, no lo hago; la ley federal me respalda. Dos: los lentes de seguridad debajo de la careta, siempre, aunque me digan exagerado. Tres: si me lastimo, lo aviso por escrito ese mismo día, aunque me digan que no es nada. Cuatro: el doctor que me trata lo escojo yo. Cinco: en la locación no firmo nada que no haya leído completo.

Y a quien lea esto sin haber trabajado nunca en las norias: la próxima vez que veas una troca llena de lodo en la gasolinera a las cinco de la mañana, ya sabes quién va adentro. Un papá que se está perdiendo algo para que a alguien no le falte nada. Respeto.

El movimiento, mija, es para ti y para tu mamá. Guarden mis mensajes y mis talones de pago. Sepan el nombre de mi compañía y el de la compañía para la que estoy trabajando en cada locación, porque no siempre es la misma. Si un día llaman para decir que pasó algo, no firmen nada por teléfono ni en el hospital, apunten quién habló y a qué hora, y pregunten antes de contestar. Y si un día yo no puedo hablar por mí, que hablen los papeles.

Me perdí tus velas, no tu vida. Cada día que estoy lejos es un día que trabajo para estar.

Esta página comparte una reflexión personal y no constituye asesoría legal. Cada situación es distinta; consulte la suya directamente. Se atiende en español. Teléfono: (713) 239-2300.