Roberto Clemente fue grande con el bate y más grande todavía con el corazón. Por eso es maestro.
Fue de los mejores que han pisado un campo de béisbol. Boricua, orgulloso de serlo, jugó dieciocho temporadas y pegó exactamente tres mil hits, ni uno más, ni uno menos, y el último lo consiguió en su última temporada, como si el destino le hubiera guardado el número redondo. Ganó doce guantes de oro por su defensa, fue el jugador más valioso de su liga, y se llevó dos Series Mundiales. No había nada que no supiera hacer en ese campo.
Pero nunca dejó que lo hicieran menos. En su tiempo, a un hombre negro y latino lo querían achicar, ponerle apodos, cambiarle hasta el nombre. Él no lo permitió. Exigía que le dijeran Roberto, como lo bautizaron. Cargaba a su gente con orgullo y hablaba por los que no tenían voz. Grande en el juego, y firme en su dignidad.
Y así se fue. La última noche de 1972 se subió a un avión cargado de ayuda para las víctimas de un terremoto en Nicaragua, gente que ni conocía. Quiso ir en persona para que la ayuda de verdad llegara. El avión cayó al mar. Tenía treinta y ocho años. Murió sirviendo, que es la forma más alta de vivir.
Eso es lo que nos enseña. Que el talento sin corazón no vale gran cosa, y que la grandeza de verdad no se mide en trofeos, sino en lo que haces por los demás y en el respeto con que cargas tu nombre. Por eso Clemente es de los nuestros, y por eso está aquí, entre los maestros.
Roberto Clemente (1934-1972), jardinero puertorriqueño de los Piratas de Pittsburgh; tres mil hits, doce Guantes de Oro y dos Series Mundiales; ingresó al Salón de la Fama del Béisbol en 1973. Información deportiva de dominio público; esta página es una reflexión y no constituye asesoría legal.