Julio César Chávez no sabía perder, y cuando parecía que iba a perder, era cuando más peligroso se ponía. Por eso es maestro.
Ganó una tras otra, ochenta y siete peleas seguidas sin conocer la derrota. Fue campeón del mundo en tres divisiones distintas. Para millones de mexicanos no era nada más un boxeador, era el orgullo entero de un pueblo subido a un ring, el que salía a dejar el alma cada vez, sin excusas y sin quejas.
Pero la noche que mejor lo explica es la de marzo de 1990, contra Meldrick Taylor. Chávez iba perdiendo en las tarjetas. Le habían pegado toda la pelea. Faltaban segundos en el último asalto, segundos, y cualquiera habría dicho que ya ni modo, que esa se había perdido. Chávez no. Siguió cazando, siguió adelante, y a falta de un suspiro para la campana lo mandó a la lona. Ganó la pelea con dos segundos en el reloj. Dos segundos.
Esa es la lección, y es grande: no se pierde hasta que suena la campana final. Ni un segundo antes. La mayoría de la gente se rinde por dentro mucho antes de que de verdad se acabe, y ahí, en la cabeza, es donde pierde. El que aguanta un asalto más, el que da un paso más cuando ya no quedan fuerzas, ese cambia peleas que todos daban por perdidas.
En una corte, en la vida, en lo que sea que estés peleando: no te rindas en el asalto ocho pensando que no llegas al doce. Llega al doce. Pelea hasta la campana. Los milagros casi siempre pasan en los últimos segundos, pero solo le pasan al que se quedó parado tirando golpes. Tú quédate parado.
Julio César Chávez (n. 1962), campeón mundial mexicano de boxeo en tres divisiones; la pelea citada contra Meldrick Taylor es del 17 de marzo de 1990. Información deportiva de dominio público; esta página es una reflexión y no constituye asesoría legal.