Medía un metro cincuenta, tenía raíces indígenas por parte de su madre, y fue maestra rural en un pueblo chico de un valle chico de Chile. Ganó el Premio Nobel de Literatura antes que cualquier otro escritor de nuestro continente.

Lucila Godoy Alcayaga nació en 1889 en Vicuña, en el valle del Elqui, un pueblo de montaña en el norte de Chile donde el sol pega fuerte y la gente es corta de estatura y larga de aguante. Padre vasco, ausente; madre chilena con raíces indígenas del norte del país. La casa fue chica y la infancia dura. A los quince años era maestra rural en una escuela de una sola pieza a la que los niños llegaban descalzos.

Escribió toda su vida, en cuadernos que llevaba con ella. En 1914 ganó los Juegos Florales de Santiago, un concurso nacional de poesía, con tres poemas escritos después de que el hombre con quien se iba a casar se suicidara. Adoptó un nombre para publicar, para que la gente del pueblo no la incomodara: Gabriela Mistral, sacado de dos poetas que ella respetaba. El primer libro, Desolación, salió en 1922. En Nueva York, no en Chile, porque ninguna editorial chilena quería publicar a una maestra rural.

En ese mismo 1922, un mexicano llamado José Vasconcelos, que llevaba la Secretaría de Educación Pública bajo el gobierno de Álvaro Obregón, la llamó a México para ayudar a organizar escuelas rurales y bibliotecas para el pueblo después de la Revolución. Ella fue. Enseñó a maestros. Redactó materiales de lectura para niños. Puso su nombre y su tiempo al servicio de un país que no era el suyo, porque el proyecto le pareció el correcto. México la nombró huésped ilustre y le regaló una casa.

Después de eso, el mundo la fue soltando por delante. Fue cónsul de Chile en Nápoles, en Madrid, en Lisboa, en Niza, en Los Ángeles. Cargaba dos maletas y una máquina de escribir. En 1945 la Academia Sueca le dio el Premio Nobel de Literatura. Fue el primer Nobel de literatura de toda América Latina. Es todavía, ochenta años después, la única mujer latinoamericana que lo ha ganado.

Murió en Nueva York, de cáncer, en 1957. Pidió que la enterraran en Montegrande, el pueblo chico del valle de donde salió. Ahí está.

Por qué está aquí. Porque este país, este oficio y esta calle tienen prisa por medir a la gente por el tamaño. Cuánto mides, cuánto ganas, qué apellido traes, con quién apareces en la foto. Y de esa manera de medir se cae la gente que trae adentro lo que más importa. Mistral era chica, indígena por parte de su madre, hija de una casa modesta, maestra de escuela rural. Sin ninguno de los apellidos que ese modo de medir prefiere. Y llevaba adentro una inteligencia que iba a educar continentes, un cariño por los niños que sale en cada verso, y una dignidad que no le pidió permiso a nadie. Cuando en un caso, o en una vida, nos toca defender a una persona a la que el mundo le pasó por encima porque la vio chica, acuérdense de ella. Lo que uno lleva adentro no se mide con la cinta que traen los demás.

Gabriela Mistral (Lucila Godoy Alcayaga, Vicuña, Chile, 1889; Hempstead, Nueva York, 1957), maestra rural, poeta, diplomática y educadora; autora de Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938) y Lagar (1954); Premio Nobel de Literatura de 1945, primer autor latinoamericano en recibirlo.

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