El mejor investigador que vas a tener el día del accidente es el teléfono que traes en la bolsa. Úsalo. Toma la foto.
La escena de un accidente dura poco. En unas horas mueven los carros, limpian la calle, se borran las marcas, cambia la luz, se va el testigo. Lo que no quedó en una foto, muchas veces ya no se puede probar. Por eso, si lo puedes hacer sin ponerte en peligro, saca el teléfono y retrata todo antes de que desaparezca.
Todo es todo. Los carros y cómo quedaron, de lejos y de cerca. Las placas. Los daños. La calle, los semáforos, las señales, el alto que no se alcanzaba a ver. El clima, el charco, el aceite tirado. Tus golpes y los de los tuyos. Y si alguien vio lo que pasó, pídele con respeto su nombre y su número antes de que se vaya, porque un testigo que se fue casi nunca regresa.
No es desconfianza, es memoria. Uno cree que no se le va a olvidar, y a las semanas los detalles se hacen borrosos, y del otro lado van a contar la historia como más les convenga. Una foto con su fecha y su hora no discute y no se contradice. Vale más que mil "yo me acuerdo que".
El movimiento es simple: primero tu seguridad y la de los tuyos, siempre. Pero en cuanto estés a salvo, antes de mover nada, toma la foto. Ese minuto con el teléfono puede ser lo que después sostenga todo tu caso.
Esta página comparte una reflexión sobre el oficio y no constituye asesoría legal ni médica. Cada caso depende de sus propios hechos; consulte el suyo directamente. Se atiende en español. Teléfono: (713) 239-2300.